Supongamos que en vez de mandarla a la calle a hacer trámites, le preguntan a la Srta. K. “¿Tenés ganas de pasear?”. Supongamos que la Srta. K. asintió feliz de poder asomar la nariz a la tarde porteña, cosa poco habitual.
Supongamos que la Srta. K. se lo tomó al pie de la letra y cuando vio un lindo pantalón en una vidriera entró a que se lo mostraran.
Supongamos que le mostraron otro y ella entró al probador.
Supongamos que no le quedó bien, supongamos que un tanto frustrada –porque no había visto uqe era achupinado- se volvió a vestir. Supongamos que el equilibrio de la Srta. K. es un tanto dudoso. Supongamos que se apoyó en una pared para vestirse.
Ahora, supongamos que esa pared no era una pared, sino uqe era una puerta. Y que la puerta daba al sótano. Y que quien tendría que haberla cerrado, no lo hizo.
Supongamos que la Srta. K. rodó seis escalones abajo y supongamos que a esta altura –y literalmente- se le rasgaron las vestiduras.
Supongamos que del susto pedía más disculpas que exigía explicaciones. Supongamos que quien estaba a cargo, estaba más asustada aún. Supongamos que la Srta. K. se volvió rengueando (-otra vez-), vistiendo ropita nueva y con cargo de conciencia, entre otras cosas, por no haberse enojado.
Supongamos que la Srta. K. se lo tomó al pie de la letra y cuando vio un lindo pantalón en una vidriera entró a que se lo mostraran.
Supongamos que le mostraron otro y ella entró al probador.
Supongamos que no le quedó bien, supongamos que un tanto frustrada –porque no había visto uqe era achupinado- se volvió a vestir. Supongamos que el equilibrio de la Srta. K. es un tanto dudoso. Supongamos que se apoyó en una pared para vestirse.
Ahora, supongamos que esa pared no era una pared, sino uqe era una puerta. Y que la puerta daba al sótano. Y que quien tendría que haberla cerrado, no lo hizo.
Supongamos que la Srta. K. rodó seis escalones abajo y supongamos que a esta altura –y literalmente- se le rasgaron las vestiduras.
Supongamos que del susto pedía más disculpas que exigía explicaciones. Supongamos que quien estaba a cargo, estaba más asustada aún. Supongamos que la Srta. K. se volvió rengueando (-otra vez-), vistiendo ropita nueva y con cargo de conciencia, entre otras cosas, por no haberse enojado.